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sábado, 25 de junio de 2016

Aún no se prueba la relación entre el cáncer y los celulares


Hace poco perdí un día de trabajo a causa de un correo electrónico que me envió, a primera hora, mi colega de The Upshot, Austin Frakt en el que me informaba que los medios habían reportado la noticia de una nueva investigación “explosiva, sobre la conexión entre el cáncer y los teléfonos celulares”. Como este tema me interesa desde hace mucho tiempo, me dediqué a leer los titulares y las noticias.

Aaron E. Carroll / The New York Times en Español

“Un estudio con ratas detecta una conexión entre los teléfonos celulares y el cáncer”, decía el Times. “La radiación de los teléfonos celulares está conectada con el cáncer, señala importante investigación con ratas”, anunciaba IEEE Spectrum, una revista para ingenieros. Me sentí desanimado, por decir lo menos. Calificar tal estudio de “avance revolucionario”, como afirmaba un titular de Mother Jones, me pareció exagerado.

Fue por eso que decidí leer el estudio. A pesar de lo que informaban algunos medios, se trataba de una investigación con ratas, sin publicar, que se había sometido al proceso de “revisión”, pero que ningún editor había aceptado. En ella se daban los detalles de una investigación que analizó si exponer a las ratas a una radiación semejante a la que emiten los teléfonos celulares les producía cáncer.

Primero, los investigadores expusieron a ratas embarazadas a la radiación de radiofrecuencia modulada CDMA o GSM por nueve horas diarias, todos los días de la semana. Cuando las ratas tuvieron sus crías, los investigadores las repartieron en grupos expuestos a esos tipos de radiación en tres niveles diferentes.

Al concluir el estudio, descubrieron que las ratas macho pertenecientes a los grupos expuestos a la CDMA tenían un porcentaje estadísticamente mucho más alto (p<0,05) de glioma, un tumor cerebral, y de schwannomas cardiacos, un tumor en los nervios del corazón.

No se encontraron diferencias en la incidencia de tumores cerebrales en las ratas expuestas a la GSM. Tampoco se encontraron diferencias en las ratas hembra, ni en los schwannomas en otros lugares del cuerpo, aparte del corazón, en ningún grupo de ratas.

Evidentemente, esto fue suficiente para que muchos medios proclamaran que “el debate se había reiniciado” y que “tu teléfono celular podría matarte”. Eso no era lo que decía la investigación.

Comencemos por el hecho de que se trata de un estudio con ratas y no deberíamos concluir que lo mismo que les causa cáncer a estos roedores aplica para los humanos. Eso ya ha resultado mal en estudios anteriores.

También es extraño que el aumento en el porcentaje de cáncer solo se haya detectado en las ratas macho y no en las ratas hembra. ¿Debemos creer entonces que ellas están protegidas contra la radiación de los celulares?

Curiosamente, las ratas macho del grupo control vivieron vidas mucho más cortas de lo esperado. ¿Debemos creer que la exposición a la radiación de los celulares hace que las ratas vivan más tiempo? En realidad, el porcentaje de cáncer encontrado en las ratas expuestas fue congruente con el que se podría esperar de las ratas en general. Fue el grupo control el que tuvo porcentajes de cáncer extrañamente bajos. ¿Entonces, tenemos que creer que las del grupo control se curaron del cáncer de alguna manera?

Por supuesto, la respuesta a todas las preguntas anteriores es negativa. Sin embargo, si hubiera titulares que anunciaran tales resultados serían tan válidos como los que leímos la semana pasada.

El periodo de vida más corto de las ratas en el grupo control, también es un problema real. Si resulta ser que estos cánceres se desarrollan en etapas posteriores de la vida, la muerte prematura podría ser la responsable de todos los resultados significativos de la investigación.

Debido al reducido número de ratas que formaron parte de la investigación, a las numerosas comparaciones realizadas y a los bajos porcentajes de cáncer en general, la validez de los resultados debería generar preocupación.

Al diseñar una investigación, es necesario asegurarse de tener las muestras suficientes como para no obtener resultados negativos cuando realmente hay una diferencia (un falso negativo) o un resultado positivo cuando en realidad no existe una diferencia (un falso positivo). Es probable que esta investigación tenga una tasa alta de falsos descubrimientos, o un mayor riesgo de que su resultado sea un falso positivo.

Como ya he sostenido antes, la ciencia no se puede manipular. Si se acepta el resultado positivo descubierto en los machos, también se debe aceptar la protección que parece conferir el hecho de ser hembra. Se debe aceptar que las ratas del grupo de control no tenían cáncer por alguna razón mágica. También se podría admitir que ninguno de estos resultados es especialmente convincente.

Muy a menudo, los medios toman un descubrimiento e ignoran los otros. Con frecuencia, este descubrimiento es el más atemorizante o terrible y, por supuesto, el que llamará más la atención.

No se puede juzgar ninguna investigación de manera aislada. En este caso, no tiene sentido tomar los resultados de un estudio con ratas, posiblemente imperfecto, e ignorar otros. En el caso de los teléfonos celulares y el cáncer, ya existen muchas investigaciones.

Para hacer un estudio de estos, lo que se suele hacer es conseguir a un grupo de gente con tumores cerebrales (casos) y a un grupo similar de gente sin tumores cerebrales (controles). Después recaban la información de cada persona (con preguntas como “¿Usa un teléfono celular?”) para ver si existen diferencias entre ellas.

Sin embargo, los estudios de este tipo son susceptibles a lo que llamamos sesgo de memoria, que consiste en que las personas a quienes les ha pasado algo malo son más propensas a pensar más y a recordar más cosas, como el uso de un teléfono celular, que aquellas a las que no les ha sucedido nada. Las investigaciones mejor diseñadas, incluyendo los estudios con cohortes, no han demostrado una conexión entre los teléfonos celulares y el cáncer.

Muchas organizaciones, como la Sociedad Americana del Cáncer, el Instituto Nacional de las Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos, la Administración de Alimentos y Medicamentos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos revisaron las investigaciones acumuladas, que son muchas, y no encontraron evidencia suficiente como para afirmar que existe una conexión.

Ninguna investigación nueva se puede evaluar por si sola; es necesario añadir sus resultados a lo que ya se sabe. Dada la gran cantidad de estudios, no se puede tomar una pequeña investigación con ratas y decir que “lo cambiará todo”; es casi imposible que un estudio de ese tipo pueda superar a todos los anteriores.

Esto es especialmente cierto porque las publicaciones son muy tendenciosas. Es mucho más probable que se publique una investigación nueva que encuentre una conexión entre los teléfonos celulares y el cáncer que una que no.

Los medios también pueden ser tendenciosos. Cuando los estudios publicados tienen resultados negativos, generalmente nadie se entera de ellos. En cambio, cuando los resultados son positivos, en especial si son atemorizantes, los reportan como si fueran definitivos.

Un punto adicional: todas las investigaciones deberían basarse en una hipótesis y tener sentido en el mundo real. Los teléfonos celulares son increíblemente comunes; más del 90 por ciento de los estadounidenses los usan con regularidad y, si causaran cáncer cerebral, aunque fuese en un pequeño porcentaje de usuarios, veríamos un aumento en su incidencia.

Sin embargo, desde finales de la década de 1980 la incidencia de cáncer cerebral en Estados Unidos ha estado disminuyendo. Cualquiera que compare tales evidencias del mundo real, debería ser escéptico sobre los argumentos que confirman una correlación entre ambos.

Cuando se publica un estudio nuevo, este debe ser rigurosamente examinado para saber cuán sólidos son sus resultados; debe evaluarse a la luz de todas las demás investigaciones que ya existen. Tiene que considerarse de acuerdo con los datos del mundo real a fin de asegurar que sus resultados tengan sentido. Así es como hay que pensar e informar sobre las investigaciones nuevas.


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